En esta semana, entre calores, refrescones y ya aproximándose el final veraniego, se cumple un año de mi llegada al corazón sudamericano. Bolivia me recibió con los brazos abiertos, entre la inimaginable (para mí) variedad de colores, sabores, olores,  sonrisas, miradas, lágrimas, vientos, lluvias, humedades, paisajes, culturas, idiomas, acentos, sonidos, músicas…

Me planté con una maleta grande azul y una mochila en Santa Cruz de la Sierra. El camino en taxi desde el aeropuerto hasta la casa de María ya era totalmente exótico para mí. Por suerte el chofer  era muy simpático. Cuando le dije la dirección donde me tenía que llevar se echó las manos a la cabeza con alguna típica expresión que no recuerdo, diciéndome que estaba algo lejos. Por un momento me sentí asustada, pero mi mente se iba concentrando sin quererlo en la bonita vegetación que iba observando, así como ese calor húmedo que había para ser invierno y ese acento tan peculiar. Y un camión cargado de caña de azúcar que iba por delante, empezando así una conversación sobre los cultivos y variedades locales.

El trascurso de cinco meses de experiencia latinoamericana dio mucho de sí. El ying y el yang. Lo increíble, en todos los sentidos. Vivencias emocionantes día tras día, el simple hecho de estar allí era algo más a echar en la mochila día tras día. Escuchar las experiencias bolivianas de María y Sarah, convivir con personas de lugares tan diversos como Argentina, Brasil, Uruguay, en contraste con Francia y Bélgica, probar su gastronomía, intentar comunicarte en quechua con las cholitas por un sendero inca, observar con detenimiento guacamayos y colibríes, pasar de los casi 4000 metros a unos 600 en una misma mañana descendiendo en bicicleta por la ruta de la muerte,  pisar el desierto de sal más grande del mundo y una isla de cactus en medio de este, refrescarte en unas cascadas que te recuerdan a los entornos de “La Misión”, concienciar sobre la conservación de la naturaleza a escolares, escuchar con detenimiento historias sobre  los indígenas,  sus culturas ancestrales y el impacto del “hombre civilizado” sobre ellas. Ir al mercado e invadirte por los colores y formas de frutas y verduras. Respirar humo negro de los coches por calles estrechas, ver suciedad por casi cada rincón, ver niños y ancianos trabajando todo el día todos los días…ver día a día injusticia social al otro lado del charco.

Son muchos los sentimientos cuando hablo de esta experiencia, y creo que jamás podré trasmitir a alguien que no haya estado allí conmigo lo que viví. Simplemente, forma parte de mí.

 

 

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